Deliro de Piñas
En la complaciente esquina de mi memoria
arropo un manjar prohibido
un agua, un caudal
y un niño desconocido.
Todas las noches cuando se interponen los planetas,
un suspiro se adelanta y me masajea la espalda
no sin antes viajar a Madrid por la madrugada.
Un delirio se abre y suelta sus frutas.
Aunque todas lloran nadie se arrepiente
solamente una codorniz se atreve a quejarse de la lluvia.
En un torrente de manos amistosas
el despliegue de tormentas
se asemeja a un presidente sin pueblo.
Otra vez las piñas juegan con el número veinte
y los delirios untan el amanecer en el único pan que les regaló
la montaña sagrada.